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15 años de la erupción de 1994
Ya casi llegamos al aniversario de aquel día en que el Popocatepetl despertó (21 de Diciembre de 1994). Con la autorización de un conocido escritor Poblano que en esos días recopilo testimonios de muchos de nosotros y que tal vez ya se nos han olvidado, ponemos su artículo publicado en Desastres y Sociedad /No. 6/ Año 4. Lo siguiente puede decirnos mucho de lo que pensábamos antes de que entrara en actividad.

EL SUEÑO Y EL SISMÓGRAFO
JULIO GLOCKNER ROSSAINZ
BUAP, Puebla, México
¿Los trabajos de investigación y de divulgación de los riesgos que corre una población ante una eventual erupción volcánica tienen necesariamente que cuestionar y enfrentarse a las creencias locales y concepción mítica local son un obstáculo para que las poblaciones diseñen y pongan en marcha operativos de prevención y evacuación? Es posible que atavismos coloniales nos impidan ver lo que son diferencias de cosmovisión y nos impidan escuchar y entender lenguajes diferentes, quizá porque aceptar la diferencia cultural supone cuestionar la realidad social que sí es compartida.
La geografía no es sólo un espacio natural que el hombre ocupa, sino también un ámbito que el hombre crea cuando la naturaleza ha sido fecundada por una cultura. Los pueblos campesinos que se han establecido en las faldas del volcán Popocatépetl han hecho de esta geografía un mundo en el que la relación con la naturaleza no se agota en las labores agrícolas y de pastoreo. Ellos son los continuadores de una antiquísima tradición ritual en la que las fuerzas naturales son concebidas como habitáculos de seres sagrados. En la cosmovisión de estas comunidades, el mundo visible y tangible se piensa no únicamente como el lugar donde se despliega la experiencia práctica de los hombres, este mundo es también el vehículo a través del cual se manifiestan poderes y fuerzas invisibles e intangibles que forman una unidad con el mundo material. Ocasionalmente estos poderes se revelan personificados bajo determinado aspecto, ya sea en sueños o en manifestaciones visibles y tangibles durante la vigilia.
Con una antigüedad que la arqueología permite decir que es milenaria, los pueblos que han habitado las faldas de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl han realizado ceremonias de culto a los cerros y montañas, simultáneamente con rituales propiciatorios de las lluvias y la fertilidad adaptados a los ciclos agrícolas. En la actualidad estos ritos persisten obedeciendo a un calendario que año con año se cumple puntualmente, sin embargo, con la erupción de ceniza del Popocatépetl en diciembre de 1994, el calendario alteró sus fechas de procesiones al volcán debido a la necesidad de visitarlo para ofrendarle objetos que él mismo había solicitado en algunas de sus apariciones. A partir de entonces sucedieron varios hechos que deben ser motivo de reflexión para quienes se ocupan en las tareas de protección civil ante los desastres naturales.
Desde el año de 1989 en que comencé a frecuentar la región, supe que el volcán ocasionalmente visitaba a los pueblos o sus alrededores bajo la forma de un anciano que vestía con extrema humildad. Cuando algún acomedido le ofrecía de comer o beber el viejo rechazaba la invitación diciendo: "mejor me lo han de llevar allá arriba", refiriéndose al adoratorio donde se depositan las ofrendas al Popocatépetl. Las distintas versiones que escuché de esta historia coincidían en lo fundamental: el volcán no aceptaba obsequios "aquí abajo", sus necesidades eran distintas a las nuestras, eran de tipo ritual y en consecuencia sólo aceptaba dones consagrados como ofrenda "allá arriba".
Con la erupción del 21 de diciembre, la gente de los pueblos de Xalitzintla, San Nicolás, San Pedro, Ozolco y Nealtican, en el estado de Puebla, vivieron una experiencia sumamente desagradable. A media noche comenzaron a sonar repentinamente sirenas de la policía; con altavoces se urgía a las personas a salir de sus casas para que abordaran los camiones que se tenían dispuestos y abandonar lo más pronto posible el pueblo porque el volcán estaba a punto de explotar. Entre el llanto de los niños y la angustia de muchos adultos, varios miles de personas abandonaron sus casas y se dirigieron a los albergues improvisados en escuelas y otras instalaciones de Cholula, Huejotzingo y la ciudad de Puebla. No obstante el apoyo y la buena disposición de las dependencias oficiales y de la población civil, lo que los campesinos evacuados querían era volver a sus pueblos ante la evidencia, después de dos o tres días, de que nada grave había sucedido. En cambio, en los albergues evaluaban el daño que estaban sufriendo al haber abandonado sus pertenencias y principalmente a sus animales. Fue hasta el cuarto día que se permitió que los hombres entraran a los pueblos a dar de comer y beber a los animales; a los siete días regresó la gente de veinte comunidades, sin contar a los campesinos de Xalitzintla que debieron permanecer en los albergues más tiempo por considerar que corrían mayor riesgo.
Con el regreso de la gente se prepararon simulacros de evacuación como medida preventiva ante una urgencia; sin embargo, por lo que yo pude ver, la respuesta fue más cargada a la indiferencia que a la participación. Me parece que ello se debió, en parte, a que la idea fue diseñada sin consultar a las comunidades, es decir, sin atender a sus propuestas y sugerencias. Además, era muy reciente la amarga experiencia de una acción que fue más semejante a un desalojo que a una evacuación. No quisiera que se me malinterpretara: creo que la evacuación de diciembre tenía que realizarse porque no se sabía qué cosa podía suceder, aunque hubiera sido mucho mejor que los soldados y los policías fueran con las manos desocupadas para ayudar mejor a la población. La imagen de un grupo uniformado y con armas atemoriza a cualquiera y conduce a la obediencia, pero no deben ser estas las condiciones en que se realicen, de ser necesarias, las próximas evacuaciones. Las cosas se hicieron de manera improvisada, con prisas, con nervios y con miedo, pero principalmente, y me parece importante subrayarlo, con buena voluntad por parte de todos, lo digo según la experiencia que me tocó vivir y los testimonios que escuché durante ocho días en los pueblos y en los albergues. Pero ¿por qué, si las cosas no salieron tan mal, la gente se resistió a pensar siquiera en otra evacuación? Creo que el motivo principal de esta actitud colectiva es que se pensó en la evacuación de diciembre como un acto innecesario que acarreó daños a la economía familiar.
Justo en este punto es donde comienzan las diferencias de apreciación entre la gente del campo y la de la ciudad. Lo que para nosotros fue una experiencia válida en términos de un "ensayo general de evacuación", y en ese sentido una experiencia útil, para los campesinos resultó algo innecesario, pues al final nada grave sucedió y en cambio muchos, al regresar a sus casas, encontraron muertas sus aves de corral o tuvieron que malbaratar animales flacos y enfermos, y no solo éso, fueron ellos, y no nosotros, quienes tuvieron que vivir el drama y la angustia en toda su intensidad.
Cuando habían transcurrido tres semanas del retorno de los evacuados a sus pueblos, el volcán fue visto en las afueras de Xalitzintla personificado en un anciano. En esta ocasión se le apareció a un hombre joven cuya religión, la mormona, lo mantenía, y al parecer lo mantiene, en una actitud de distante incredulidad respecto a los rituales propiciatorios de la lluvia celebrados en el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl. Era de noche y él caminaba rumbo a su casacuando de pronto, de entre el zacate, apareció en el camino un viejo que lo llamó para que se acercara. Cuando estuvo a su lado le pidió unos cerillos y como el hombre no tenía, le ofreció ir a buscarlos a una tienda cercana. Al verlo un tanto sorprendido por su presencia, el viejo le dijo: "mira, no te espantes, yo no soy cualquiera, yo soy el volcán, Gregorio Chino Popocatépetl. Yo te estoy hablando. Ya pasé a buscar tu presidente pero no hay nadie, está solito l'edificio, no hay nadie, ni quién me encuentre, ni quién saludar. Entonces vámonos, a ver dónde compras los cerillos". Al acercarse a la tienda, el viejo lo esperó a cierta distancia y cuando el hombre volvió con los cerillos le ofreció también un refresco y un pan, el anciano los tomó agradecido pero del pan sólo se comió la mitad y le dijo: "éste lo guardo pa'mi esposa, mi esposa se llama Genoveva Iztaccíhuatl. Esto se lo llevo y el refresco me lo llevo también. Córrele muchacho, vete pa'tu pueblo, nomás diles que ya te encontré y avísales que los espero allá, que me vayan a visitar y que me lleven ropa. Hace siete años que no me llevan ropa. Diles que yo los espero allá, que no se olviden de mí. Y tú muchacho, cuando vayas por allá y veas un venado, ése soy yo". Diciendo esto el viejo desapareció en la noche, sus pasos se escucharon unos instantes haciendo ruido entre el zacate. Al llegar a su casa el hombre le contó a su mujer lo sucedido y al día siguiente fueron con el presidente de la Junta Auxiliar Municipal. Su relato fue escuchado por decenas de personas que acudieron a las oficinas y al cabo de cuatro días el rumor había adquirido las formas e interpretaciones más diversas. Se decía, por ejemplo, que los japoneses estaban escarbando el volcán, que el expresidente Carlos Salinas les había vendido seis volcanes y que por ello estos "hombres de ojos rasgados" buscaban algo en el interior del Popocatépetl, perforando y lastimando su cuerpo. Gregorio estaba molesto por esta situación y por eso había comenzado a lanzar fumarolas de ceniza. Se decía, también, que el viejo que se le había aparecido al mormón le había preguntado si él era de los que se habían "largado" cuando la erupción. Al responder que él se había quedado en el pueblo, el viejo Gregorio le confió que la gente de los pueblos cercanos no debía preocuparse porque a ellos no les iba a pasar nada, que el daño en realidad lo había hecho "del otro lado", en Japón, provocando el desastroso terremoto que por aquellos días padecieron los habitantes de aquel país. Se dijo también, y lo escuché de dos tiemperos, que el volcán se había quejado de quemaduras en los pies, lo que fue interpretado y convertido por algunos en un reproche contra aquellos que año con año queman los pastizales provocando incendios en los bosques. Atendiendo a esta queja del volcán, se le llevaron cremas y pomadas entre las cosas que se presentaron como ofrenda el día de su santo.
La relación de reciprocidad que los campesinos de la región han establecido tradicionalmente con la naturaleza, y en especial con los volcanes que les proporcionan las lluvias, hizo posible que en tan sólo cuatro días, contados después de la aparición de Gregorio Popocatépetl, se hubiera organizado una colecta para comprarle la ropa que pedía y entregársela como parte de los dones que incluían también mole poblano, frutas, música y algún "fuertecito" como brandy o tequila, que es sabido son del gusto del volcán. En aquella ocasión (23 de enero de 1995) acudieron cerca de trescientas personas en procesión. Durante el mes de febrero, se extendió la noticia de la aparición de Gregorio Popocatépetl en los pueblos asentados en las faldas occidentales de los volcanes correspondientes al estado de Puebla, pero se habló también de otras apariciones: a una señora de San Pedro Nexapa le pidió pulque y unas tortillas y, mientras comía, le dejó un mensaje de advertencia. Le dijo que comunicara a la gente que debía arrepentirse, porque estaba haciendo enojar a Dios con su comportamiento: "yo los puedo castigar fácil -le dijo- pero si se arrepienten tal vez Dios se conmueva y no les pase nada. Yo también ya estoy viejito y algún día me voy a morir. Yo no quisiera hacer el castigo pero Dios me manda, él es mi papá, él me hizo, yo también estoy mandado por mi padre. Arrepiéntanse, va a venir la guerra, va a venir el hambre, la enfermedad, y todo eso es necesidad para todos. Yo los cuido, yo los quiero porque son mis hijos, pero si se pasan de pecadores los voy a castigar". Al finalizar el invierno el volcán había aparecido también en Santa Cruz Cuautomatitla, en las laderas meridionales del Popocatépetl, buscando a su mujer. También en San Lucas Atzala se dijo que fue a pedir ropa; la gente del pueblo se organizó y fue a pedir al tiempero de Xalitzintla que les permitiera acompañarlo en la procesión de marzo, para entregar sus obsequios a Gregorio.
La experiencia de la estadía en los albergues era reciente y las autoridades invitaban a la gente a participar en simulacros de evacuación con relativamente poco éxito; de hecho en Xalitzintla sólo asistían los niños llevados desde las escuelas. Lo más frecuente era escuchar que ya no saldrían en vano, que sólo se irían del pueblo "cuando de veras" fuera necesario. Por aquellos días, previos al de su santo en marzo, el volcán se le reveló en sueños al tiempero de Xalitzintla, lo cual relató en las siguientes palabras: "Don Goyo me dijo, yo estoy plantado por nuestro Padre y mientras nuestro Padre no me diga yo no me levanto. Pero cuando me lo diga nos levantamos yo y Rosa (la Iztaccíhuatl), pero mientras no me diga no pasa nada, no se preocupen y no salgan del pueblo". Considerando la poca disposición mostrada por la gente en los ensayos de evacuación, lo que el sueño del tiempero nos muestra es la expresión de un deseo colectivo de no abandonar el pueblo sin motivos suficientes. Aquí se advierte también una diferencia radical en la apreciación del riesgo ante una eventual erupción del volcán; para muchos campesinos se trata de un asunto imprevisible de carácter trascendente: la voluntad de Nuestro Padre Eterno; en cambio, para los vulcanólogos, para las autoridades y mucha gente de la ciudad se trata de un asunto inmanente a la naturaleza cuya predicción es relativamente posible de lograr con un equipo técnico adecuado. Las experiencias y las convicciones de unos resultan incomprensibles y absurdas para los otros: la insensatez que un geólogo podría ver en los sueños del tiempero como método para evaluar la posibilidad de una explosión volcánica de alto riesgo, es proporcional a la que un tiempero atribuye a los aparatos con los que se pretende predecir y calcular el peligro de esta explosión. Es decir, lo que para uno, el geólogo, es mera fantasía cuando piensa en los sueños como revelación, para el otro, el tiempero, la técnica científica no es sino un juego pretencioso en el que se intenta inútilmente tomarle el pulso a Dios. La existencia de esta polaridad en la apreciación del riesgo volcánico, presenta un problema adicional al ya de por sí complejo problema de implementar un operativo de prevención y salvamento conjuntamente con la población. Desde mi punto de vista, que es únicamente la opinión de alguien que fue testigo de algunos acontecimientos durante y después de la emanación de cenizas, existen dos cuestiones que no deberían pasar inadvertidas. Para referirme a la primera de ellas, voy a recordar las palabras que Roberto Weitlaner le dijo a Gordon Wasson hace muchos años, palabras que Wasson consideró como una regla de oro en su trato con sociedades culturalmente distintas a la suya; Weitlaner le dijo: "a los indios no se les debe tratar como si fueran nuestros iguales, hay que tratarlos como nuestros iguales". Este trato igualitario, tan difícil en México, implica lo más elemental en una relación entre ciudadanos, es decir, atender las opiniones, necesidades y propuestas de indígenas y campesinos tanto como se desea que sean atendidas las propuestas institucionales. Hace un año anoté la declaración de un funcionario en una entrevista por radio durante los días en que se efectuaba la evacuación: "por tratarse de población rural -dijo- nos ha costado mucho trabajo hacerles entender que deben salvar sus vidas". El etnocentrismo que expresa esta frase subestima en principio a la gente del campo, al grado de creerla incapaz de pensar y valorar su propia vida. Es evidente que por este camino no vamos a ningún lado que no sea el del sometimiento a una orden. Lo que hay detrás de esta frase es algo que en México nos negamos a reconocer, pero que en la práctica sucede todos los días y es el hecho de considerar a la población rural como ciudadanos de segunda. La actitud que asume que los campesinos e indígenas viven apenas en el umbral de la razón, proviene de la época de las encomiendas coloniales y su único y desventajoso efecto ha sido propiciar el paternalismo como política gubernamental.
Si la primera cuestión se refiere a la necesidad de reconocer la igualdad, la segunda se relaciona con la necesidad de respetar las diferencias culturales, diferencias que de ningún modo implican la superioridad de la cultura urbana sobre la rural. Un buen trabajo de investigación y divulgación de los riesgos que corre la población ante una eventual erupción, no tiene por qué cuestionar ni enfrentarse con las creencias locales sobre las causas últimas que motivan esa erupción. La tradición religiosa y la concepción mitológica regional no deben ser un obstáculo para trabajar conjuntamente con la población rural en el diseño y la puesta en marcha de los operativos de prevención y evacuación. El punto nodal para que esta acción conjunta tenga buen resultado consistirá en la determinación, lo más clara y precisa posible, del momento en que "de veras" exista la necesidad de abandonar la zona, de modo que las propias comunidades reaccionen como un organismo vivo ante lo que ellas mismas reconozcan como el momento decisivo. Ante estas circunstancias es de esperarse que desaparecerán las diferencias entre el sueño y el sismógrafo.
JULIO GLOCKNER ROSSAINZ (BUAP, Puebla, México)
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